Queridos sacerdotes, consagrados y laicos de cada uno de los cuatro arciprestazgos, de las ocho unidades pastorales, de los diferentes grupos apostólicos, movimientos, asociaciones y cofradías de nuestra Diócesis de Barbastro-Monzón:
Os invito encarecidamente a vivir la Semana Santa adentrándoos en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, para que así podáis convertiros en testigos del Misericordioso con todos vuestros hermanos, especialmente con los más heridos y/o alejados.
La Cuaresma va llegando a su fin. El Evangelio de este quinto domingo nos presenta una de las escenas más conmovedoras de la vida pública de Jesús: el encuentro con la mujer sorprendida en adulterio.
Es un pasaje que, aunque muy conocido, siempre nos interpela. Aquella mujer es arrastrada ante Jesús, no por deseo de justicia, sino como excusa para ponerlo a prueba. No les importa su dignidad ni su historia; solo quieren una condena, solo buscan un renuncio de Jesús.
Él no responde de inmediato. Guarda silencio, se inclina y escribe en el suelo. Es el silencio de quien no se deja arrastrar por la presión ni por el juicio fácil; el silencio de quien sabe mirar más allá del error. Luego, con calma, dice: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Uno tras otro comienzan a marcharse. Se quedan solos Jesús y la mujer. No hay reproches, solo una pregunta llena de ternura: “¿Nadie te ha condenado?” “Nadie, Señor.” Y entonces, esas palabras que sanan: “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más”.
En este Evangelio se nos muestra cómo debe ser el corazón del cristiano. No es una llamada a mirar hacia otro lado frente a la injusticia o al pecado, pero tampoco es una invitación a destruir al que no obra adecuadamente. Jesús no justifica el mal, pero tampoco lo utiliza como arma arrojadiza. Él ofrece una salida, una posibilidad nueva, una vida renovada. No es un juez severo, sino un pastor que busca al que se ha perdido, un padre que abraza, un Dios que restaura. Es el Misericordioso.
Este ha sido el modo con que hemos afrontado cada uno de los problemas -que no han sido pocos- en nuestra Diócesis: buscar el bien común salvaguardando la dignidad de cada persona y de nuestro propio pueblo.
También entre nosotros hay quienes están dispuestos a lanzar sus piedras arrojadizas: con calumnias, con palabras hirientes, con gestos de desconfianza, indiferencia o menosprecio. Nos cuesta reconocer la verdad que beneficia a todos, pero, sobre todo, nos cuesta aceptar nuestras propias heridas y tratarnos con misericordia. El Señor hoy nos propone otra lógica: la del perdón, que levanta; la de la fraternidad, que sana; la de la esperanza, que construye.
La Cuaresma es un tiempo propicio para detenernos y dejarnos tocar por esa misericordia: para revisar nuestras actitudes, nuestras relaciones dentro de los grupos, nuestras formas de servir y de colaborar, de generar comunión, de trabajar corresponsablemente. También, para acercarnos con humildad al sacramento de la Reconciliación, donde sigue sonando esa voz firme y tierna: “Tampoco yo te condeno”.
Como Iglesia diocesana, formada por tantas comunidades vivas, estamos llamados a ser una gran familia reconciliada que vive desde el perdón: una comunidad que acoge, que escucha, que acompaña. Una diócesis que no señala con el dedo, sino que tiende la mano; que aprende a convivir con las diferencias, a caminar con otros, a mirar con los ojos de Cristo.
Que el paso de Dios por nuestras comunidades nos renueve por dentro y se note en nuestras palabras, en nuestras reuniones, en nuestras decisiones pastorales. Que cada grupo y movimiento, que cada cofradía, sea lugar de encuentro, de escucha, de perdón. Y que cada unidad pastoral sea un espacio donde todos puedan experimentar la ternura de Dios.
Con mi afecto y mi bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón