Comenzamos nuestra última semana de Cuaresma, el próximo domingo será ya Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa. Anteriormente era conocida como la semana de pasión, se caracterizaba porque se cubrían las cruces y las imágenes de las iglesias con paños morados.
Al comenzar la Cuaresma, el Papa Francisco, nos invitaba a avanzar en nuestra conversión con una llamada a caminar juntos en esperanza. Es el Señor el que nos llama a la conversión siempre, pero de manera especial en este tiempo de Cuaresma para celebrar con gozo y renovados la fiesta de la Pascua, la realidad de nuestra redención.
El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la liturgia “Sacrosantum Concilium” al hablar de la cuaresma subraya la doble dimensión bautismal y penitencial. El bautismo es el comienzo de la vida nueva de hijos de Dios que marca nuestra existencia para siempre y nos pide que vivamos como tales. Con palabras de San Pablo, “¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado? ¿Es que no sabéis que cuántos fuimos bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,1-4).
La inmersión en el agua, el derramar el agua sobre nuestra cabeza en el momento del bautismo, nos une a la muerte de Cristo de una forma incruenta, no dolorosa, pero no para quedarnos en la muerte, sino para resucitar con Él, y como Él a una nueva vida, la de los hijos de Dios.
Es el gran misterio de nuestra fe, el gran don que Dios nos da por los méritos de Cristo. Es una realidad tan grande y maravillosa ante la que nos sentimos indignos y pequeños, pero a la vez, es cierta y real, es una nueva vida en nosotros. Para entenderlo y asumirlo tenemos que estar plenamente preparados, recodar nuestras promesas del bautismo, rechazar el mal, buscar el bien. Afianzar nuestra fe, la que rezamos en el credo, para dejar que Cristo sea la luz que ilumine nuestra vida. Renovar nuestro compromiso con la Iglesia, nuestra familia de hermanos. Afianzar nuestros deseos de ser misioneros del amor de Dios.
Nos invitaba también el Concilio a prepararnos desde la penitencia, que tiene dos dimensiones, una interna e individual, que pasa por el arrepentimiento y la confesión de nuestros pecados. Tenemos la obligación de confesar y comulgar este tiempo de Pascua. Tiene la penitencia también una dimensión externa y social. Nuestro pecado por íntimo que sea afecta a los demás. Reconciliarnos con Dios es también reconciliarnos con los demás, tenemos que descubrir lo que nos separa de los demás y buscar lo que nos une y fomentar la fraternidad, el desarrollo de todos. La nueva vida que recibimos en la Pascua nos hace hermanos de todos para siempre.
Vivamos con intensidad y confianza estos últimos días de nuestra Cuaresma.