A lo largo de este curso sigo realizando la Visita Pastoral a las parroquias de la Archidiócesis. En los meses trascurridos he podido hacerla en tres vicarías de la ciudad y en lo que resta de curso visitaré dos zonas de las vicarías rurales. Doy gracias a Dios por lo que significan los distintos encuentros que tengo la oportunidad de realizar con comunidades parroquiales, comunidades religiosas, colegios y otras realidades evangelizadoras vinculadas con la acción apostólica de la Iglesia.
Llevo ya algunos años realizando la Visita Pastoral en el ejercicio del ministerio episcopal que me fue confiado en el año 2010. Tengo que dar muchas gracias a Dios por las experiencias vividas en las distintas visitas que he realizado en estos años, en las tres diócesis en las que he sido enviado como Obispo: Teruel y Albarracín, Calahorra y La Calzada – Logroño, y en estos momentos, Zaragoza.
Cuando en Teruel tuve la oportunidad de comenzar a realizar visitas pastorales me imbuí en los distintos documentos que describen y animan a la hora de realizarla. En aquellos escritos se recordaba que la Visita Pastoral es uno de los modos, ciertamente singular, por el que el Obispo cultiva el encuentro personal con el clero, la vida consagrada y con los laicos del pueblo de Dios. En esos encuentros el obispo tiene la oportunidad de conocer a la gente y ganar en aprecio personal a la misma, animándola en su vida de fe y conociendo la labor apostólica que todos realizan: laicos, consagrados y sacerdotes. A su vez, el obispo puede ver de cerca y valorar en su real eficacia las estructuras e instrumentos pastorales destinados al servicio de la evangelización. Es también un momento propicio para animar, constatar las dificultades de las distintas comunidades y ayudar a buscar caminos comunes de evangelización, estimulando a crecer en el amor de Jesucristo y la comunión.
Una de las indicaciones sugeridas en el Ceremoniale Episcoporum, recomienda que la Visita Pastoral no quede reducida a un acto protocolario que se realiza como cumplimiento de una obligación contraída, como si se tratase de un acto meramente formal. Es por eso que se anima a las comunidades a prepararla y, habitualmente lo hacen con esmero, afecto y rigor. He podido constatar en estos años que las expectativas con la que se preparan y viven los acontecimientos, determinan de algún modo los frutos que se derivan de los mismos. La Visita debe ser vista con ojos de fe, a la luz de la intención que tiene la Iglesia de mantener vigente, y en plena actualidad, una forma tan peculiar de ejercer el ministerio episcopal. Es entonces cuando la Visita es un momento de gracia tanto para la comunidad que la recibe como para el obispo que la hace.
Por ello doy gracias a Dios por todas la Visitas Pastorales hechas hasta ahora en nuestra Archidiócesis. Todas han resultado interesantes y en ellas se han producido momentos de encuentro, de afianzar nuestra tarea evangelizadora y de renovar los retos pastorales que, desde el Plan Pastoral VITA, nos animan a construir una Iglesia en salida, en estado de misión permanente. Y doy gracias particularmente al arciprestazgo de Santa Engracia, donde he realizado la Visita estos últimos días por su acogida fraterna y por su entusiasmo evangelizador.
Tenemos muchos retos por delante. Seguimos caminando juntos. Somos asamblea de llamados para la misión.