Opinión

Jesús Moreno

A pie de calle

¿Entró o no entró?

2 de abril de 2025

Todos conocemos la gran parábola de Jesús, la del padre y sus dos hijos, llamada del Hijo pródigo[1], no muy acertadamente. Porque el protagonista es el padre, ninguno de los dos hijos. Estamos ante, quizás, la mejor parábola de Jesús para mostrarnos el rostro de Dios Padre y la vida de sus hijos como hermanos.

El padre les da libertad. Por eso el hijo pequeño: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna». Pedir esto es declarar, en la mentalidad judía de entonces, que para mí ‘estás muerto’. No te necesito. NO TE QUIERO.

El padre les repartió los bienes a los dos.

El hijo pequeño se ha visto obligado a hacer lo último y más despreciable para un judío: guardar cerdos, y aun así no tiene ni para comer. Arrepentido egoístamente, pero no convertido, reflexiona: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre.

Vuelve a casa del padre del que piensa que no lo va a acoger ya como padre porque se ha portado muy mal con él. No obstante, le llama ‘padre’. Algo queda en él de la bondad de su padre.

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros«.

Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Y lo recibió y lo acogió y le devolvió la dignidad de hijo.

«Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

Y empezaron el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo.

«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y así se expresa el hijo que ni conocía a su padre ni sentía que era querido siempre como hijo. Se consideraba esclavo. Y le reprocha con palabras que hieren lo más profundo del corazón.

«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».

«Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

El padre habla de ‘tu hermano’. El hijo mayor le responde: ese hijo tuyo. Ha roto la fraternidad. La niega.

Jesús, sabio él, no termina la parábola. No sabemos si el mayor entró o no entró a la casa.

A cada uno de nosotros nos corresponde terminarla.

Nosotros los cristianos que usamos tanto (o maltratamos) la palabra ‘hermano’, ¿entraríamos a la casa de la fraternidad cuando en ella hay ‘hermanos’ que no piensan como yo, que son tan distintos a mí, o que nos atrevemos a enjuiciarlos negativamente?

¿Entramos o no? Ahí se juega nuestro ser y vivir cristiano.

 

[1] ‘Pródigo’. Dicho de una persona que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón. Usado también como sustantivo (Definición de la Real Academia Española de la Lengua

Este artículo se ha leído 109 veces.
Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas

Este artículo se ha leído 109 veces.