Opinión

Nerea Vigo Iglesias

Efluvios de un alma sibilina

El desierto del alma

27 de marzo de 2025

El término “desierto” proviene del latín desertus, que significa “abandonado” y tiene su raíz en el verbo deserere que implica un desamparo. Si tomamos la palabra cruda y originaria, nos arroja a un territorio desprovisto de vida, una extensión árida y hostil donde el Sol cae a plomo y la tierra, resquebrajada, amenaza con extraviar nuestra pisada. Pero el desierto no es solo un lugar físico; es, sobre todo, una realidad interior, una condición existencial que pesa más que la arena y quema más que el Sol donde las pulsiones que zarandean al hombre pueblan la vasta extensión por  doquier.

Existen dos tipos de desiertos. El primero es el desierto que podríamos llamar «turístico», el que se contempla sin implicación real, una postal exótica que nunca llega a ser experimentada con el cuerpo ni mucho menos, con el alma. Es un desierto transitado a lomos de un animal, fotografiado fruto de la comodidad de una excursión guiada, recorrido sin que el polvo se adhiera a la piel ni el silencio cale en los huesos. Este desierto no deja huella en el viajero, porque nunca lo ha habitado realmente ni ha osado pisarlo y en consecuencia, tan pronto como regresa a su hogar olvida sus dunas y la tentación que tras ellas anida.

El segundo tipo de desierto es el que se sufre, el que se impone en el alma con violencia irreversible, aunque necesaria. Es el desierto que no se atraviesa, sino que se padece: en él raspa la tierra y  esa el Sol sobre la cabeza. Sus arenas auguran soledad e incomprensión, su calor no ampara, sino que acentúa el abandono y su inmensidad evidencia el vacío que se expande dentro de nuestro pecho. Es un exilio interior, un desarraigo perpetuo que no necesita de dunas ni de horizontes interminables para existir: sólo la conciencia lúcida de alguien que busca una orientación radical de su alma. Este desierto no es geográfico, sino espiritual y a diferencia del primero, deja una marca indeleble en quien lo habita.

La Cuaresma acentúa este caminar: unos sólo transitan esta vasta tierra las semanas previas a su estación de penitencia. Otras almas, como la mía, lo recorremos todo el año, profiriendo palabras  que perecen en el aire sin llegar a rozar corazones. La nuestra es una condición permanente, un horizonte sin fin que se extiende más allá del calendario religioso. Caminamos siempre sobre esta arena abrasadora donde la caricia quema y el pensamiento desvela. Nos desangramos en cada palabra y sin embargo, no hay ecos, no hay respuesta humana: sólo oscuros susurros y altas luminarias. Lo que decimos muere antes de ser escuchado, como si estuviéramos condenados a profesar un lenguaje estéril con una voz que se extingue antes de encontrar destinatario alguno.

Este es el verdadero desierto: no el de los mapas, sino el del alma. No el que se puede medir en kilómetros, sino el que se mide en ausencias. No el que se recorre en caravana, sino el que se sufre en soledad, cuando incluso la esperanza parece evaporarse como un espejismo en la distancia. Y aquel que consigue superarlo emerge de esta llama silente gozando del más prístino brillo perenne. Ese y no otro es el camino de la redención.

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