Opinión

José Luis Lázaro

Periferias

Francisco: el defensor de los migrantes y refugiados

26 de marzo de 2025

Hace pocos días se cumplieron 12 años de la elección de Francisco, como Papa de la Iglesia Católica. Y el primer viaje que realizó, fue a una pequeña isla italiana, apenas conocida por unos pocos, llamada Lampedusa. 

Así se narraba, entonces, aquel acontecimiento: 

“El mar en calma de un día de verano, las aguas las del Mediterráneo. Una lancha patrullera de la Guardia Costera las surca frente a Lampedusa con el Papa Francisco a bordo, acompañado por decenas de embarcaciones, muchas de ellas de pescadores. Es el 8 de julio de 2013. Sobre esas aguas, frente a la «Puerta de Europa», el monumento en memoria de los migrantes muertos en el mar, en el extremo sur de la isla, el recién elegido Pontífice lanza una guirnalda de flores blancas y amarillas en recuerdo de quienes perdieron la vida en las travesías en busca de un futuro mejor. Esas imágenes dan la vuelta al mundo y permanecen imborrables. Conmovedor fue, poco después, su encuentro en Punta Favarolo con los inmigrantes. Recibido con cantos africanos, el Papa los saludó uno a uno e intercambió algunas palabras con algunos de ellos”.

Era su primer viaje como Pontífice y, Francisco, se estaba presentando “en sociedad” y lo hacía, precisamente, entre quienes representaban la “cara más vergonzante” de una Europa que, renunciando a uno de sus principios fundantes: el de la acogida y la hospitalidad de todas las personas sin distinción, estaba permitiendo la muerte de miles de personas en el Mar Mediterráneo. Fue aquí, en “la puerta sur de Europa’’, donde se consagró ante la opinión pública mundial, como el defensor de todos los migrantes, desplazados y refugiados de la tierra.

Más tarde, en el Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado del año 2018, escribía esos cuatro verbos que, desde entonces, todos los defensores de los derechos de los personas desplazadas, repetimos “de carrerilla” como si de una 

oración se tratara: Acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados.

+Acoger+

La Iglesia ha de tener un corazón abierto y siempre dispuesto a la acogida y a la hospitalidad de cualquier persona. Este es el primer paso de una Iglesia en salida, porque está colocando, previamente, su corazón en el otro y dirigiendo su mirada a quien se haya presente en alguna periferia de nuestra realidad existencial.

Acoger supone, no solamente el dar una ayuda puntual -en muchos casos, de índole económica-, sino también, el reconocer en la persona que te mira, a otro ser humano que te está recordando que ambos sois criaturas de Dios y, por tanto, hermanos.

 

E. Bueno lo ha descrito perfectamente cuando dice que “la Iglesia no es una aduana, no multiplica los requisitos para la acogida, ofrece una casa donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (Cf. EG 47). La Iglesia es un hospital de campaña que avanza entre los heridos para ofrecer desde un principio los primeros auxilios”.

La Iglesia ha de ser pobre y para los pobres. Estos no pueden ser simplemente acogidos u hospedados en nuestras casas como sujetos pasivos. Han de ser acogidos como protagonistas de sus propios procesos vitales. En la acogida de estos hermanos y hermanas migrantes, aparecen -visiblemente- rostros sufrientes, pies que caminan, heridas y dolores ocultadas por el miedo, bolsas llenas con lo poco que uno ha conseguido llevarse de casa. Pero, también, se ven gestos de solidaridad, abrazos, proyectos de acogida y lágrimas agradecidas ante su escucha respetuosa. El Papa nos recuerda a los cristianos que «el que acoge a un migrante, acoge a Cristo».

Ellos constituyen la quinta nota que debe estar presente en la vida entera de la Iglesia, al mismo nivel que la unidad, la santidad, la apostolicidad y la catolicidad.

+Proteger+

El Papa Francisco nos recuerda que ‘Dios camina con su pueblo’. La Sagrada Familia tuvo que refugiarse en tierra extranjera porque la vida del Niño Jesús estaba en peligro. Todos estamos invitados a acoger, proteger, promover e integrar a las personas que abandonan su patria para salvar sus vidas o en busca de un futuro digno. Al proteger los derechos de los migrantes, se promueve el desarrollo humano integral de todos y las comunidades que acogen se enriquecen de múltiples maneras.

La protección de las personas migrantes y refugiadas, nos va a conducir a los cristianos, inevitablemente, al conflicto social. Porque, de alguna manera, tendremos que denunciar todas aquellas leyes, normas y posicionamientos políticos y sociales que atenten contra la dignidad de estos hermanos venidos de fuera. La protección es defensa y la defensa, implica confrontación con todo aquello que suponga exclusión y discriminación de cualquier ser humano, por su condición de género, nacionalidad, color de piel, situación económica o capacidad física o mental. 

La llamada a la fraternidad universal que realiza, Francisco, en la encíclica Fratelli tutti; nos transmite la visión de una convivencia buena y lograda, a través de la acogida y la hospitalidad de toda persona, desde la conciencia de que todos somos parte de la humanidad y de la familia única de Dios, que habita la casa común de la tierra. En el n. 40, subraya Francisco que Europa, “tiene los instrumentos necesarios para defender la centralidad de la persona humana y encontrar un justo equilibrio entre el deber moral de tutelar los derechos de sus ciudadanos, por una parte, y, por otra, el de garantizar la asistencia y la acogida de los emigrantes”. En el n. 141, se afirma que “el inmigrante es visto como un usurpador que no ofrece nada. Así, se llega a pensar ingenuamente que los pobres son peligrosos o inútiles y que los poderosos son generosos benefactores. Sólo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita, podrá tener futuro”.

+Promover+

A la luz de lo visto en la acogida y en la protección, estamos llamados a procurar una vida buena para todos los seres humanos y crear las condiciones que posibiliten la transformación económica que la haga realidad. Si queremos promover una fraternidad global, tenemos que volver a situar en el centro la concepción de la Iglesia como familia de Dios; subrayando que, dentro de la familia, solo cabe acogida gratuita e integral con cada uno de sus miembros. 

Si mediante el diálogo interpersonal somos capaces de expresarnos, escucharnos, conocernos y comprendernos; a través del diálogo social lograremos esto mismo, pero a nivel intercomunitario e internacional. El diálogo social, que surge de la acogida y de la hospitalidad a cualquier persona, sirve para construir la comunidad, la fraternidad universal de la que nos habla Fratelli tutti.

La promoción de las personas migrantes y refugiadas supone contemplar integralmente la vida de estas personas. Tenemos que pasar de ese “paternalismo inicial” que se da en las primeras acogidas, a un protagonismo de la persona a la que estamos acompañando, para que pueda -libremente- tomar sus propias decisiones y opciones en el camino de su vida. Confiar y respetar, para que la persona migrante y/o refugiada pueda ser dueña de su propio destino. Esto es así, porque la amistad social se realiza a través de la praxis del amor al prójimo que supera toda frontera. Podríamos decir que la hospitalidad brota del amor, de ese amor que es auténtico, ayuda a crecer y nos invita a salir de nosotros mismos hasta acoger a todos. Mediante la hospitalidad se acoge a aquellas personas que se han visto obligadas a huir de sus hogares.

Pero para llevar a cabo una auténtica promoción del ser humano, incluidos los migrantes y refugiados; Francisco ha planteado la necesidad, de llevar a cabo una serie de reformas en el ámbito económico a nivel mundial. Así, en 2020, invitó a los cristianos a reflexionar sobre una nueva economía, una economía centrada en la persona, y ello con el ánimo de ser agentes de cambio en la realidad histórica y social del momento presente. La «Economía del Bien Común» ha de tener en cuenta, en vistas a la promoción de todo ser humano: el cuidado de la vida, el amor a los trabajos y a las empresas, los flujos del mercado, la necesidad de finanzas éticas, la existencia de empresas con criterios ecológicos y la incorporación de personas con capacidades diferentes al mercado laboral, a través de la economía social. 

+Integrar+

El último verbo, integrar, se pone en el plano de las oportunidades de enriquecimiento intercultural generadas por la presencia de los emigrantes y refugiados. La integración no es «una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su “secreto”, a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres». Este proceso puede acelerarse mediante el ofrecimiento de la ciudadanía, desligada de los requisitos económicos y lingüísticos, y de vías de regularización extraordinaria, a los emigrantes que puedan demostrar una larga permanencia en el país. 

Francisco, insiste en la necesidad de favorecer, en cualquier caso, la cultura del encuentro, multiplicando las oportunidades de intercambio cultural, demostrando y difundiendo las «buenas prácticas» de integración, y desarrollando programas que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos.

Por tanto, estamos llamados a convivir, a enriquecernos de lo diverso. Lo diverso nos abre a lo más esencial del ser humano. Incluso, podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que hay tantos procesos de integración como personas que emigran. Cada persona va construyendo su identidad en relación con los demás, como personas únicas.

Podemos concluir afirmando que lo diverso, en cierta manera, es un horizonte, una cierta utopía, pero que se va haciendo cuerpo, camino, proceso y realidad en la vida cotidiana.

Me gustaría concluir con las últimas palabras, pronunciadas por el Santo Padre, en relación al tema de este artículo, datan del 11 de febrero del presente año: 

“Un auténtico estado de derecho se verifica precisamente en el trato digno que merecen todas las personas, en especial, los más pobres y marginados. El verdadero bien común se promueve cuando la sociedad y el gobierno, con creatividad y respeto estricto al derecho de todos —como he afirmado en numerosas ocasiones—, acogen, protegen, promueven e integran a los más frágiles, desprotegidos y vulnerables. Esto no obsta para promover la maduración de una política que regule la migración ordenada y legal. Sin embargo, la mencionada “maduración” no puede construirse a través del privilegio de unos y el sacrificio de otros. Lo que se construye a base de fuerza, y no a partir de la verdad sobre la igual dignidad de todo ser humano, mal comienza y mal terminará”.

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  1. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2023-07/el-papa-en-lampedusa-hace-diezanos-el-grito-contra-indiferencia.html
  2.  E. BUENO DE LA FUENTE, Eclesiología del papa Francisco. Una Iglesia bautismal y sinodal, Burgos 2018, 129-130.  
  3.  https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2017/08/21/mens.html
  4.  https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/02/11/110225b.html

 

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